“Ahora somos quienes queremos ser”

Analía y Julieta recorrieron un largo camino solitario y doloroso hasta que se animaron a ser quienes querían ser. Las dos trabajan hoy en Arredo, donde Julieta pudo atravesar su proceso de transición con el abrazo de sus compañeros. Hoy, Día Internacional del Orgullo LGBTI, cuentan su historia, cómo es luchar contra la discriminación, reclamar sus derechos, juntar fuerza y atreverse a vivir y a soñar según sus propios deseos.

Por Micaela Kamien
28 de junio, 2019

Arredo

Analía y Julieta recorrieron un largo camino solitario y doloroso hasta que se animaron a ser quienes querían ser. Las dos trabajan hoy en Arredo, donde Julieta pudo atravesar su proceso de transición con el abrazo de sus compañeros. Hoy, Día Internacional del Orgullo LGBTI, cuentan su historia, cómo es luchar contra la discriminación, reclamar sus derechos, juntar fuerza y atreverse a vivir y a soñar según sus propios deseos.

“Elegí ser Julieta Noa. Julieta porque me gustaba. Noa porque significa fortaleza”. Julieta nació en Jujuy, viajó a Buenos Aires y entró en el Ejército. Hoy trabaja en Arredo, donde pudo hacer su proceso de transición, acompañada por sus compañeras y compañeros. Todavía no se atrevió a visitar Jujuy: “Pero está cerca ese desafío; soy fuerte, somos fuertes, si pudimos con este cambio podemos con todo”.

Analía también trabaja en Arredo, también se acostumbró a las miradas de discriminación y distancia que perduran en el mundo de hoy. Pero se sabe fuerte y orgullosa de elegir quién quiere ser. “Muchas tienen una historia familiar pesada, las echaron de sus casas. Les digo que se animen, que se abran, que cuenten: tienen derecho a la salud, a un trabajo digno, no están solas”.

Hoy, 28 de junio, Día Internacional del Orgullo LGBTI, comparten con QUERIDAS sus historias de lucha, y quieren inspirar a quienes aún viven su identidad con miedo, en soledad y a escondidas.

Nos rechazan, como si tuviéramos peste, pero después se dan cuenta de que somos personas, que sólo decidimos cambiar de orientación sexual o de género, y que tenemos derecho a ser quienes queremos ser”.

¿Cómo fueron sus experiencias de trabajo anteriores?

JULIETA: Yo me vine de Jujuy y entré a trabajar en el Ejército. Ahí trabajé en el área de seguridad. Un día tomé la decisión de cambiar de trabajo y entré en Arredo. Empecé en el sector de expedición, embalando, y ahora estoy en el sector de venta online, en la parte administrativa y operativa. Trabajo en Arredo desde hace 4 años y medio. Yo ya venía cambiando. Me miraba al espejo y no me gustaba lo que veía. No quería ni verme. Era horrible. Hice mi proceso de transición mientras trabajaba acá en Arredo.

ANALÍA: Mi primer trabajo fue como promotora, trabajé como vendedora en Palermo Soho, y después me ofrecieron trabajar en Patio Bullrich. Lo dudé, me daba miedo que me discriminaran. Probé y me gustó. El primer día, un cliente me dejó una tarjeta con su teléfono. “No, trabajo como vendedora”. Trabajé seis años en Patio Bullrich, y terminé como encargada del local. Después me fui a Uruguay y cuando volví me costó encontrar trabajo, hasta que me llamaron de Arredo. Llevé mi currículum a los shoppings, lo mandé por mail, a plataformas de trabajo, iba personalmente. Insistí, y estoy acá: como vendedora en un local de Arredo en Plaza Oeste Shopping, desde hace un año y medio.

¿Se sintieron discriminadas en sus trabajos anteriores?

ANALÍA: Sí, siempre hay gente que te mira como examinándote. Yo soy muy observadora, desde chiquita; me doy cuenta cuando las personas cambian la forma de respirar. Por ejemplo, viene un hombre en tono seductor, y cuando lo saludo y escucha una voz un poquito más grave hace el click. Me doy cuenta hasta cómo tragan saliva. Cambian la mirada. Al principio, una mirada seductora y, de repente, me empiezan a mirar las manos, la nuez. Las miradas de las mujeres son tremendas: van directo a la bragueta. La gente a veces se sorprende de mí. “Ah, sos macanuda. Olés bien”. ¿Tengo que ser sucia? No sé qué se imaginan. Con mis compañeros de trabajo, todo bien.

Analía y Julieta. “Hay que animarse: tenemos derecho a un DNI, a una obra social, a un trabajo digno y a tener una familia”.

No te gustaba lo que veías en el espejo, Julieta. ¿Cómo tomaste la decisión del cambio?

JULIETA: Fue el Día de la Marcha del Orgullo Gay. Yo había ido como transformista, y ahí me pregunté “¿estoy preparada para hacerlo?, ¿estoy preparada para bancarme la mirada de todos?, ¿por qué sigo haciendo algo que no me gusta?, ¿por qué sigo mostrándole a la gente algo que no soy?”. Mi vida siempre fue demostrar. Fui abanderada de la primaria, abanderada de la secundaria, promedio 97 en el Ejército, pero era orgullo para los demás. Por dentro yo era nada. La marcha me abrió caminos para decidirme.

¿Sentís que la comunidad, el no sentirte sola, te dio el impulso que necesitabas?

JULIETA: Claro, sentí un acompañamiento. Ahí entendí que no es que todo el mundo rechaza lo que es ser una chica trans. Sentí que había un mundo de apoyo. Llamé a mi mamá y le conté. Le dije que me había cansado de llevar una vida que no me gustaba, que me había cansado de esconder tantas cosas, que no estaba a gusto con lo que era, y que había decidido vivir como mujer. Mi mamá no me entendió, no quería saber nada. A pesar de eso, ese día sentí que había llegado el momento y que no iba a estar sola, que había toda una comunidad que me iba a apoyar. Así que dije “sí, quiero”.

“Sí, quiero”: el día en que te casaste con vos. Desde ese momento, ¿cuánto tiempo pasó hasta que pudiste hacer la transición?

JULIETA: Creo que día a día seguimos aprendiendo. Esto nunca termina. Cada día queremos más. Queremos hacer cosas por nosotras mismas. Somos muy luchadoras. Tenemos muchos objetivos. Ya no nos para nada ni nadie. Pudimos con eso, podemos con todo.

¿Cómo fue compartir esa decisión en tu ámbito de trabajo?

JULIETA: Fui con miedo. Miedo a quedarme sin trabajo. No sabía cómo lo iban a tomar. Pero el impulso, el deseo, me dio coraje. Fui a hablar con Silvio Rocco, que es el Director de Logística de Arredo. El me entendió, me apoyó. A las dos semanas tuvimos otra reunión, yo justo me tomaba las vacaciones, y me dijo: “Cuando vuelvas, quiero que vuelvas Julieta”.

¿Cómo fue el proceso de cambio a partir de ese momento?

JULIETA: Una cosa es vivir los fines de semana como mujer, como transformista. Y otra cosa es vivir como mujer. Si bien los fines de semana yo era la diva, llegaba el lunes y yo tenía que despojarme de todo y volvía a ser un chico que iba a trabajar.  Cuando volví de mis vacaciones, estaba muy nerviosa. Todos sabían que no iba a volver Leandro sino Julieta. Varias de mis compañeras me esperaron en la parada del colectivo, para acompañarme. No me olvido más de ese día porque fue hermoso. Cuando entré, todo fue muy natural. Ya conocían a Julieta. A algunos les costó, tuve discusiones, pero con el tiempo se fueron dando cuenta de que es una elección de vida. Nos ven como con peste, nos rechazan, pero después se dan cuenta de que somos personas, que decidimos cambiar de orientación sexual.

Nació Julieta. ¿Cómo elegiste el nombre?

JULIETA: Lo elegí con Cecilia, una compañera de trabajo. Un día le dije “no sé cómo me voy a llamar”. Yo me hacía llamar Luciana, que era mi nombre de fin de semana, pero quería llevar otra vida. Nos pusimos a buscar, como un niño que nace y se le busca un nombre. Nos decidimos por Noa Julieta: Julieta porque nos gustaba a las dos, y Noa porque significa “fortaleza”.

¿Te empezaste a sentir más fuerte?

JULIETA: Sí. Me resultó muy fácil, gracias a mis compañeros y compañeras. Todavía no me doy cuenta de lo que hice. Yo trabajaba en un sector donde hay un 80% de hombres, todos jóvenes que van a un depósito a trabajar. Hoy voy y el recibimiento es muy lindo, de todos: jefes, encargados, compañeros. Tuve una muy linda transición, algo que no les pasa a todas. Si bien no estuvo mi familia, no está mi familia, todos mis compañeros formaron parte de eso.

¿Pudieron hacer el cambio del DNI?

ANALÍA: Sí, lo hice cuando entré a Arredo. En ese momento conocí a una persona que ayudaba a chicas trans, y me sugirió que lo hiciera. A mí no me parecía importante en ese entonces, a pesar de que tuve situaciones difíciles, con mi pasaporte, con varios trámites, había situaciones crueles. Mi amigo me explicaba que el DNI iba más allá de los trámites: “Te van a ver como te vas a llamar”. Y me decidí. Él me contactó con la Defensoría, el área que trabaja con los derechos LGBT, y me ayudaron a hacer mi DNI.

JULIETA: Para mí fue muy difícil. Yo tenía todo mi legajo en Jujuy, y no quería viajar hasta allá, no me sentía segura, así que el trámite tardó un año y medio. Era muy frustrante ir a hacer trámites. Me acuerdo un día que me dijeron: “No, tiene que venir el titular”. Soy yo. Era muy difícil hacer trámites, los evitaba.

¿Qué sintieron con el nuevo DNI?

ANALÍA: Me sentí distinta. Antes no me daba cuenta, tal vez a veces me hago la dura. Además es importante aprovechar un derecho que existe, que nos corresponde: DNI, trabajo, obra social. El Hospital Fernández, por ejemplo, trabaja con chicas y chicos trans, te ayudan a hacer el tratamiento hormonal, hay un equipo de psicólogos, endocrinólogos.

JULIETA: Con el DNI me di cuenta de lo importante que es la identidad: tener un nombre y apellido. Ya podía exigir que me llamaran Julieta. Esta soy yo.

¿Volviste a Jujuy, Julieta?

JULIETA: Todavía no pude.

Es el próximo desafío.

JULIETA: Sí. Está cerca.

¿Cuál fue la reacción de sus familias?, ¿las acompañaron?

ANALÍA: Desde que tengo 4 años, siempre me sentí una nena, y siempre me confundieron con una nena. Mi papá aclaraba “es un nene”. Me sentía nena pero no lo decía. Desde que me acuerdo, me gustan los chicos. Después tuve una confusión que me creí nena, que eso también es duro. De repente me di cuenta de que no era una nena. Y eso también es duro. Yo veía a mis compañeritas, que usaban moños, que se hacían trencitas, con pelo largo. “Yo quiero ser así y no puedo”, pensaba.  Desde muy chiquita sentía eso.  En mi casa de eso no se hablaba. Mi mamá lo percibió. Las madres siempre lo notan. Los hombres son más duros, no quieren aceptar. Así pasé la primaria, como una lady, una nenita, muy tímida, muy estudiosa, abanderada. Tuve compañeros que me molestaron mucho, me pegaban. Las maestras no se hacían mucho cargo. Mi hermano, un año mayor que yo, me cuidaba. Cada vez que me molestaban, él me defendía, hasta que él pasó a la secundaria y me quedé sola. Me acuerdo de un episodio con un compañero que siempre me molestaba; un día me tocó la cola, yo me di vuelta y le pegué un cachetazo. Se cayó, y nunca más me molestó. No digo que ejerzamos violencia, pero sí hacernos respetar. En la secundaria también la pasé mal. Me aparté mucho de todos mis compañeros. Había un grupito que me cargaba mucho. Las maestras me veían muy solitaria y llamaron a mis viejos. Algo les dijeron porque a partir de ahí me empezaron a tratar de otra forma. Yo necesitaba contención. Me acuerdo de otro episodio durante la secundaria. Era el juego del “amigo invisible”: un compañero me escribió una carta y se dirigía a mí en femenino y en masculino; a mí me resultó muy violento, me angustié mucho. A los pocos años, me di cuenta de que no había sido violento, tal vez fue una manera de decirme que me aceptaba como yo era. El cambio más grande fue cuando terminé la secundaria. Me dejé crecer el pelo, empecé a usar delineador.

¿Hablaste con tu familia?

ANALÍA: Hablé con mi mamá, que ya lo sabía, obviamente, y me transmitió que estaba todo bien. El tema fue mi papá y mi hermano. Les costó. A los 10 años, mi hermano me defendía pero a los 18 años ya le había cambiado la cabeza.  A partir de ahí nos peleamos y no volvimos a hablarnos nunca más. Sólo nos decimos “feliz navidad y feliz cumpleaños”. Pasaron muchos años y me acostumbré a eso. Pero creo que en el fondo lo necesito. Mi papá era de los que veían a una persona gay en la tele y decía “a estos hay que matarlos”. No quería ver que tenía un hijo que era gay, en ese momento. Después fue aceptando, pero creo que todavía le cuesta. Tal vez por eso es que todavía pongo un poco de distancia con mi papá.

JULIETA: Sí, lo hablé. Hay que darles su tiempo y su espacio, que entiendan que no estamos haciendo ningún mal a nadie, es una decisión nuestra y somos felices así.

¿Qué les dirían a quienes todavía no se atrevieron?

ANALÍA: Que se animen, que lleven sus currículums, que se abran, que cuenten, que escuchen consejos. Tienen derecho a la salud, a un trabajo digno. Muchas chicas tienen una historia familiar pesada, las echaron de sus casas.

JULIETA: Nosotras somos privilegiadas. Somos parte de una empresa, trabajamos, nos respetan. Me pone muy mal cuando veo a otras, en una esquina. Todas necesitamos contención.

¿Cuáles son sus sueños?

JULIETA: Haberlo hecho antes. No esperar tanto tiempo. Me permití mucha frustración. Para mí es un orgullo, como chica trans, como mujer, poder decir “somos personas”.

ANALÍA: Cuando era chiquita soñaba con casarme y tener hijos, soñaba con ponerme un vestido blanco y entrar a la iglesia. Hoy, mi sueño es parecido: sueño con tener una familia.

 

 


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