Empoderar a mujeres privadas de su libertad

Este año se lanzó un nuevo programa de capacitación a mujeres que se encuentran bajo régimen de prisión domiciliaria con monitoreo electrónico o que han sido liberadas recientemente. En qué consiste esta gran iniciativa creada por la Dirección Nacional de Readaptación y Farmacity, que busca enseñar oficios, empoderar y ayudar a la reinserción social de mujeres en situaciones de extrema vulnerabilidad. Aquí, la crónica de la clase más emocionante y del día de entrega de diplomas, cuando los aplausos demostraron que estas mujeres ya eran más fuertes.

Farmacity programa readaptación social mujeres
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Este año se lanzó un nuevo programa de capacitación a mujeres que se encuentran bajo régimen de prisión domiciliaria con monitoreo electrónico o que han sido liberadas recientemente. En qué consiste esta gran iniciativa creada por la Dirección Nacional de Readaptación y Farmacity, que busca enseñar oficios, empoderar y ayudar a la reinserción social de mujeres en situaciones de extrema vulnerabilidad. Aquí, la crónica de la clase más emocionante y del día de entrega de diplomas, cuando los aplausos demostraron que estas mujeres ya eran más fuertes.

Por Micaela Kamien

Era el recreo. Sonaban las risas, mezcladas con alfajores y una música que se escapaba de un teléfono celular para darle más alegría a la mañana. Entré sigilosa, como a una fiesta donde no conocés a nadie y preferís ser nadie para que no te miren. El sol entraba tenue por la ventana, casi tímido para no molestar. Había fiesta. Una muy especial. La fiesta de las mujeres que toman fuerza para enfrentar realidades crudas, dolorosas.

Me senté al fondo, en un banco de escuela, bien atrás, para mirar sin ser vista. No quería perturbar lo que se respiraba casi como un ritual femenino, una escena tribal.

No sabía quién era quién. Sólo que algunas enseñaban y otras aprendían, y otras cuidaban. O, en otros términos: unas eran las capacitadoras, otras las mujeres condenadas (algunas aún con prisión domiciliaria y otras ya liberadas), que recibían la capacitación, y el resto funcionarias de la Dirección Nacional de Readaptación Social, psicólogas y asistentes sociales. Algunas hacían de ‘modelos’ para la práctica. Esa mañana de sol, todas eran iguales: mujeres juntas que intercambiaban saberes, experiencias y sonrisas.

Así funcionó este programa de capacitación: pura unión de mujeres en proceso de empoderamiento. Y eso se vio apenas puse un pie en la sala.

Farmacity programa readaptación mujeres

“Look que transforma” es el nombre de este nuevo programa de capacitaciones en maquillaje, cuidados de la piel y manicuría, que llevó a cabo Farmacity junto a la Dirección Nacional de Readaptación Social y la Dirección de Asistencia de Personas Bajo Vigilancia Electrónica, para mujeres bajo régimen de prisión domiciliaria o que fueron recientemente liberadas. El objetivo: enseñarles el oficio, contribuir a su empoderamiento y a su formación, para que puedan reinsertarse laboral y socialmente.

Fueron 13 semanas de enseñanzas y aprendizajes para todas, maestras y alumnas, en un intercambio que fortaleció desde los saberes pero también desde el contacto sin marginación. ¿El éxito del proyecto? La empatía y la confianza.

En general, todas las mujeres que recibieron la capacitación habían sido condenadas por delitos menores, y en todos los casos asistieron por propia voluntad. ¿El lugar? El Museo Penitenciario, al que llegaron desde lejos, como pudieron, porque decidieron cambiar sus vidas.

 

FIESTA DE MUJERES

Fin del recreo. Todas a la ronda, al círculo de mujeres. Algunas sentadas en “pupitres”, otras de pie. En el medio, una gran mesa con espejos, luces y maquillajes de todos los colores.

“¿Querés probar con el cobre? ¿Preferís el dorado?”, le dijo una de las capacitadoras a Nancy, que observaba concentrada el rostro de su ‘modelo’. La tomó suave desde el mentón, giró con delicadeza la cara, como pianista. “Sí, el dorado”.

Al costado, otra capacitadora daba consejos: “Tiene una boca hermosa, así que te sugiero un labial intenso”. Mabel asentía. Y su ‘modelo’ sonreía tímida, con su boca hermosa.

La música siguió sonando. Cada tanto una risa irrumpía entre tanta concentración. Y contagiaba. La risa es contagiosa. Y empodera.

“Cambio de silla”, dijo la coordinadora. Se levantaron las ‘modelos’ y entregaron sus caras a la alumna que estaba al costado.

Máscara de pestañas, sombras en polvo, rubores y labiales iban de acá para allá en un intercambio que parecía una ceremonia. Los cuerpos se entremezclaban y la ronda seguía, como el juego de la silla, y acá no había rótulos. No había vergüenza, ni marginación, como allá afuera. Acá éramos todas iguales. No ante la ley, sino ante la vida.

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“Ven a ver. Dime algo” -pidió una de las alumnas que había llegado puntillosamente maquillada desde su casa.

“Lo hiciste perfecto. Lo lograste. ¿Creías que no podías? Te felicito”.

Y se hundieron en un abrazo.

“Hoy terminamos con ojos. La próxima: labios”.

Me fui antes de que terminara la clase, como entré, sigilosa, para no interrumpir la fiesta.

 

LOS APLAUSOS MÁS FUERTES

Para mí esto es una fiesta”, dijo desde el panel en el escenario Fiorella Canoni, Directora Nacional de Readaptación Social. Había llegado el día del fin de curso, el esperado momento de la entrega de diplomas.

El auditorio también era una fiesta. Además de las alumnas, las capacitadoras, miembros de la Dirección de Readaptación Social, del poder judicial y de Farmacity, había otros invitados: la familia de cada una de las protagonistas. Hijos, abuelas, hermanos, nadie quiso perderse la ceremonia. En especial los hijos, muy chiquitos algunos, que para ese día se vistieron con sus mejores ropas y aplaudieron de principio a fin. Sólo bastaba verlos para entender que con esta capacitación no sólo se empoderó a las mujeres, también a sus familias, que vieron con orgullo cómo cada una de esas mujeres agarró fuerte el diploma para hacerse más fuerte.

“El empoderamiento de las mujeres es esto, que podamos presentarnos ante la comunidad como somos. Somos esto: mujeres luchadoras, aquellas que hicieron el curso, las que dictaron el curso. Todas. El día que se presentaron, todas lo hicieron como jefas de hogar. Y ahí nos igualábamos, porque todas compartíamos esa necesidad de volver a casa, de sentirnos reconocidas por nuestros hijos, de ser ejemplo para nuestros hijos”, expresó Fiorella Canoni, con la voz entrecortada por la emoción.

En la primera fila, sentados erguidos, con camisa y recién peinados, los hijos aplaudían. Sonaba como el aplauso más fuerte, de esos que te hacen doler las palmas de tanta intensidad pero que seguís aplaudiendo, aún con más fuerza.

“Este es el gran salto, este lindo proyecto que armamos. Agradezco a Farmacity, porque a las empresas las hacen las personas, como a las organizaciones del Estado y a todas las instituciones, y esto es un logro de personas que encarnamos instituciones”.

Los de la primera fila tal vez no entendían, pero volvieron a aplaudir porque en las fiestas, en las ceremonias, se festeja. Y una de las mayores alegrías era sentir orgullo por su mamá, no pena, vergüenza, dolor ni marginación. Hoy, esas jóvenes madres eran las protagonistas y el festejo era para ellas.

“Farmacity tomó la decisión como organización de repensarse como una compañía con perspectiva de género. Esto ya se está materializando con acciones concretas y se ha incorporado en nuestra cultura como empresa: a comienzos de este año implementamos la licencia por violencia de género; estamos concientizando sobre la problemática de la violencia de género y brindando información no sólo a nuestras colaboradoras y colaboradores que son más de 6500 en todo el país sino a los más de 2,5 millones de clientes que pasan todos los meses por nuestras tiendas. Decidimos ir más allá. Estamos ayudando a un colectivo de mujeres muy especial, con herramientas para que puedan reinsertarse en la sociedad, para que puedan salir adelante. Farmacity se animó a dar este paso. Ojalá sean otras las organizaciones que se animen”, dijo también conmovido Jonathan Thienemann, Gerente de Asuntos Públicos de Farmacity.

Farmacity programa readaptación social

Fue el turno de la jueza María Jimena Monsalve: “La ley puede ser muy genérica pero no percibe cuál es la realidad de cada persona. ¿Qué pasa con una mujer que está con arresto domiciliario? ¿Quién paga la comida? Y si está con el dispositivo de monitoreo y no puede salir a la calle, ¿quién va a comprar la leche para su hijo? Los jueces no podemos invisibilizar esto. Esta es una oportunidad para sensibilizar y para convocar a otros actores de la sociedad civil, como hizo hoy Farmacity, que les dio esta oportunidad única a estas mujeres: una herramienta de trabajo. Hay tres ejes sobre los que hay que trabajar: Educación, trabajo y perdón. Yo estoy orgullosa de ustedes, mujeres que van a luchar por lograr sus objetivos, porque ya empezaron ese camino, y no van a volver atrás. Ustedes son personas como cualquier otra que quiere tener la oportunidad de vivir dignamente”.

En el panel estaba sentada Fedra, una de las protagonistas, una de las mujeres que recibió la capacitación. Atrás quedó la cárcel y afuera la marginación. Sobre su falda, su pequeño hijo, que no quiso despegarse de su mamá ni cuando subió al escenario.

“Nos hicieron sentir muy cómodas. Nos mimaron. Hay gente que cuando sabe la situación que pasaste te margina. Ellas, las capacitadoras, jamás marcaron la diferencia con nosotras. Aprendimos con mucho gusto”, decía entre risas Fedra Alexandra Torres, que –a diferencia de casi todas sus compañeras- ya no cumple arresto domiciliario.

“Pasar por la situación de encierro no sólo te margina como persona sino como mujer, te hace muy vulnerable –explicó con la garganta atravesada por el llanto y con las lágrimas que se le caían de los ojos–. Yo busqué trabajo muchísimo tiempo, nadie me lo daba, y ya tenía un chico, y tuve que salir a la calle a vender, porque en negro te pagan dos mangos, y en blanco no porque tenés antecedentes. Es muy difícil. Por eso se reincide. Porque la gente no te da oportunidades, te margina por lo que fuiste”.

Fedra lloraba, todo el auditorio lloraba. “Y no te dan una oportunidad: ya está, está marcado, porque si robaste alguna vez vas a volver a robar. Muchas veces pensé en volver a delinquir porque no quería pedir que me presten para un pañal, para una leche. Pero tenía a alguien que me esperaba en casa”, miró a su pequeño hijo que jugaba eufórico con el micrófono.

“Esta oportunidad que nos dan de Reinserción Social y de Farmacity es genial. Para una compañera que está con arresto domiciliario esto le permite hacer un ingreso desde su domicilio. Porque está todo bien que les den un arresto domiciliario porque tienen hijos, pero ¿y los ingresos? ¿A qué se vuelve? ¿Qué se hace cuando no podés llevar el pan a tu casa? A lo que sabés hacer, porque no te dan una oportunidad. Esta es una oportunidad. Esto me hizo sentir bien como mujer. Hoy me tengo que maquillar, me tengo que poner bien, me tengo que poner linda para salir a la calle. Y eso lo vi en todas mis compañeras. Me merezco cuidarme. Todas merecemos cuidarnos, amarnos a nosotras mismas”.

Su hijo la miró. Y aplaudió fuerte.


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Un comentario en “Empoderar a mujeres privadas de su libertad”

  • Stevnoff

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