Cuarentena: el peligro del eterno letargo

Los nuevos síntomas del aislamiento: abulia, adormecimiento, letanía. El encierro y la reproducción de las actividades domésticas y de cuidado como una cinta de Moebius que lleva a la nada. El riesgo de naturalizar las tareas que suelen soportar las mujeres, que nadie reconoce y vacían a la vida de sentido. Una mirada desde la psicología.

Por Silvia Kamien
23 de julio, 2020

El confinamiento al que nos obliga la cuarentena tiene, por supuesto, además de los efectos sociales, sanitarios y económicos, efectos subjetivos, somáticos y emocionales. Ya hemos visto la exigencia a la que nos vemos sometidos ciudadanos y ciudadanas. Atravesar día tras día como un largo trayecto de convivencia familiar a la que no estábamos acostumbrados o acostumbradas. Llenar el día con actividades para no caer en la rutina interminable. Las tareas domésticas, las clases de la escuela en casa y por computadora. Buscar en tutoriales recetas de platos nuevos para que el tiempo vaya pasando. Tutoriales que nos enseñan a lavar la ropa, cortarnos o teñirnos el pelo. Reemplazar el encuentro amoroso con nuestros hijos, nietos, padres, amigos, por una imagen difusa y nunca demasiado satisfactoria.

 

A medida que la cuarentena  se va alargando, asistimos a un cambio paulatino de escenario. Imperceptiblemente, comenzamos a advertir que ciertas conductas activas frente a esta adversidad  se fueron transformando. Y aparecen, en su lugar, cierta quietud y abulia que no son otra cosa que un efecto anestesiante del encierro. La sensación de fatiga y abulia como efecto inmediato; el repliegue subjetivo. Ya hay pocas cosas que despierten nuestro interés o algún entusiasmo. Los días van pasando como una infinita cinta de Moebius, en donde las rutinas domésticas y cotidianas se van reproduciendo ad infinitum y en forma automática. Hay menos interés en contactarse con amigos y amigas, poca ilusión y mucho miedo. Las relaciones intrafamiliares y entre las parejas se amesetan y pierden intensidad. Se naturalizó el encierro, se adormeció el deseo, se anestesió el malestar.

Hasta aquí, una descripción de lo que percibo a mi alrededor y también en mí misma. Y me preocupó, y  no pude menos que asociar cuántas de esas situaciones se asemejan a aquellas que conocemos referidas a las mujeres…  Sin pandemia ni cuarentena ni confinamiento obligatorio, éste sigue siendo el lugar de muchas mujeres en nuestra sociedad. Adentro, con tareas repetidas hasta el cansancio, monótonas y faltas de creatividad, de gratificación o de algún tipo de reconocimiento.

Tareas domésticas ingratas e invisibles, crianza de niños y niñas a lo largo de 24 horas por día y 7 días a la semana. Relaciones de pareja insalubres, muchas veces violentas y de maltrato cotidiano. Indiferencia y transparencia. No ser vista ni registrada ni tenida en cuenta salvo estar disponible ante la demanda de las demás personas. Insatisfacción y desvitalización. La fatiga interminable, los días interminables, la letanía y el letargo. Letargo que no es sueño ni cansancio, ni siquiera tristeza o dolor. La naturalización de la quietud, del no deseo, del acostumbramiento.

La cuarentena y las mujeres, el letargo ya conocido y peligroso. La anestesia de los sentidos, de las emociones y del deseo. El letargo en la cuarentena se parece mucho a esto. A aquello a lo que muchas mujeres se ven sometidas, que no han podido aún percibir y que tienen naturalizado. Sabemos de esto. Y también sabemos que es un enemigo peligroso. Es el letargo. Adormecedor, anestesiante y  abúlico. Cuidado. A despertarse y a seguir, aún en cuarentena.


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